miércoles, 9 de junio de 2010

Destroy All Monsters, Kaijû sôshingeki, 1968

La Toho ya tenía una reputación formada en cuanto a ser LA productora japonesa de películas de monstruos gigantes. Desde la aparición de Godzilla en 1955, bastó poco más de una década para crear una impresionante mitología de criaturas bizarras, dispuestas a destruir cuanta maqueta de cartón le pusieran delante. Y la gente pedía más y más. Todos clamaban por un encuentro entre las máximas figuras de este universo de monstruos de goma, y el resultado fue la película que hoy nos trae por acá. Que lamentablemente no cumple con lo que prometía, gracias a un argumento demasiado “inspirado” en otro film clásico de extraterrestres proveniente del mismo país.

Corre el año 2000 y las Naciones Unidas son el principal referente de un mundo que vive en armonía y paz, donde el desarrollo científico y tecnológico es su prioridad máxima (por si hacía falta reafirmar que se trata de una película de ciencia ficción, no?). El hombre tiene bases en la Luna, y los monstruos que otrora asolaran Japón están recluidos en la Monster Island, una especie de Alcatraz donde son mantenidos a raya gracias a una barrera electromagnética que larga humo de colores. Todo se descalabra cuando los monstruos escapan y se reparten las principales ciudades del mundo para darse un festín de pisotones y destrucción sin límites. ¿Quién los liberó? ¿Por qué tanta agresividad repentina? La explicación está en unos extraterrestres, los kilaks, que manejan a las criaturas e incluso a varios científicos por control remoto mediante transmisores implantados en la cabeza. El objetivo es invadir la Tierra ya que su planeta está en extinción. ¿Podrá la humanidad contra tanto monstruo enloquecido?


La idea, incluso parte del metraje, resulta robada de otro clásico japonés de la misma productora, The Mysterians (1957), donde invasores alienígenas buscaban hacerse con el dominio del planeta mediante el control mental de sus habitantes. La diferencia es que en aquella, a falta de monstruos, usaban un robot gigante.


A pesar de todo, la promesa de ver juntas a diez de las criaturas más populares del kaiju resultaba alucinante. Lástima que la expectativa del fanático se desvanece al descubrir que, salvo por la batalla final, la aparición de los bichos quedaba reducida a flashes que apenas sacian el apetito. Ni hablar de que algunos apenas se ven durante una fracción de segundo, pasando totalmente desapercibidos. Ni siquiera la dirección de Ishiro Honda, el papá de Godzilla, logró imprimirle la emoción que la historia requería.




Y ello se debe a que el argumento se centra principalmente en los extraterrestres y en los intentos de los humanos por destruirlos. La principal fuente de interés queda entonces reducida a un relleno que toma protagonismo casi sobre el desenlace.


No obstante hay naves espaciales, OVNIs, muchas ciudades destruidas y criaturas gigantes que son un deleite para la vista: aparecen Godzilla, la oruga Mothra, Anguirus, Minilla (el impresentable hijo del rey), la araña Spiega, el pajarraco Rodan, la serpiente submarina Manda, Gorosaurus, y varios más que apenas alcanzamos a distinguir. King Gidorah, el dragón extraterrestre de tres cabezas, tiene un protagonismo especial al ser el arma secreta que los kilaks utilizan cuando se pudre todo y los monstruos terrestres se les vuelven en contra.



En definitiva, una película que pide a gritos una remake que corrija los errores cometidos.



¡ASÍ SÍ!: La mayor reunión de monstruos jamás producida. Por eso le subo media neurona.


¡ASÍ NO!: Demasiado protagonismo de los extraterrestre en trajes plateados, y poco de los monstruos.





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