miércoles, 28 de abril de 2010

5 de: Drácula de la Universal

Mi tierna infancia estuvo marcada por el rojo sangre y las tripas multicolores de la Hammer. Y ni hablar de esos dos grandes del terror inglés que fueron Peter Cushing y Christopher Lee (¡aún en carrera!), los actores fetiches del estudio. Por eso durante mucho tiempo ignoré sin culpa todas y cada una de las sutiles producciones en blanco y negro que hicieron famosa a la Universal. Nombres como Lon Chaney, Bela Lugosi y Boris Karloff no me resultaban desconocidos, pero salvo algunas excepciones, nunca los había visto en acción más que en documentales. Pero como el tiempo pasa y uno madura, un amante del cine fantástico no puede dejar de beber de las fuentes y hurgar en los orígenes del género. Por eso llegó el momento de ponerme al día y en esta ocasión lo hago con uno de los mitos más poderosos del siglo pasado y del actual. Para Bella y Edward, que lo leen por NeuronaMuerta.


Dracula (1931)
La que inició todo. Nosferatu (1922) ya había adaptado la obra de Bram Stoker (sin permiso de sus herederos), pero tomándose muchas licencias con el personaje principal. El film de Tod Browning también tenía modificaciones respecto de la obra literaria (se basó en una exitosa adaptación teatral que poco conservaba de la historia original), pero mantenía los rasgos de aparente normalidad del protagonista: un aristocrático excéntrico interesado en los negocios inmobiliarios.
Fue la primera película de los clásicos terroríficos de la Universal. El papel del vampiro estaba reservado para la estrella del estudio, Lon Chaney, pero su fallecimiento obligó a buscar un reemplazo. El elegido fue el actor húngaro Bela Lugosi, que estaba interpretando al personaje en teatro y que curiosamente había nacido en... Transilvania. El éxito que consiguió lo catapultó a la fama, y al encasillamiento, destruyendo toda esperanza de progreso actoral. El film ayudo a sentar la imagen del típico vampiro cinematográfico: un personaje seductor, vestido de frac y capa, dueño de una irresistible mirada hipnótica que usaba para inmovilizar a sus víctimas, y que muere al ser atravesado por una estaca de madera. A pedido del propio Lugosi, este vampiro no tenía colmillos.


Dracula (1931)
Mientras Tod Browning filmaba durante el día, de noche los mismos sets se utilizaban para rodar la versión en español. Esto era así porque a la Universal le interesaba el mercado hispanoparlante, y como aún no existía el subtitulado, se hacían las mismas películas pero con actores latinos y en el idioma de Cervantes. La dirigió George Melford (con la colaboración de Enrique Tovar Ávalos), y fue interpretada por el argentino Carlos Villarías en el papel de Drácula, la mexicana Lupita Tovar como Eva (Mina en versión latina), y el también argentino Barry Norton como Juan Harker. Parece ser que durante el día, el equipo espiaba el rodaje de la versión original y por la madrugada trataban de mejorarla. Y vaya si lo consiguieron. Incluso la crítica coincide en que es muy superior a la versión de Browning, y por varios motivos: actuaciones convincentes, argumento mejor desarrollado, innovadora en el manejo de cámaras y otros aspectos artísticos, y hasta más audaz en cuanto al desarrollo de la sensualidad del personaje, cuestión que no estuvo sujeta a la autocensura propia de las producciones estadounidenses de la época. El film, perdido durante mucho tiempo, fue recuperado y restaurado gracias a una copia conservada en Cuba.



La Hija de Drácula (Dracula’s Daughter, 1936)
Fue la segunda película relacionada con el vampiro rumano que salió de los estudios Universal (sin contar la versión en español). Comienza justo donde termina la primera, pero esta vez el chupasangre no será partícipe de las matanzas, sinó su propia hija. Ella sufre la misma maldición vampírica, y a pesar de quemar el cadáver de su padre en un intento de volver a ser mortal, el ritual falla. La película narra entonces la lucha que se establece entre su lado oscuro (no puede evitar los asesinatos) y los deseos de ser una persona normal. El destino la pone delante de un psiquiatra idiota que no entenderá su drama, y todo se complicará para ella. Como se les complicó a los productores la realización. La IAMPCCC (Infaltable Asociación Moralista de Padres Con Caca en lugar de Cerebro), presionó al estudio para bajar el nivel de horror al mínimo. La Universal cedió, y en el camino quedó la actuación de Bela Lugosi (que igual cobró por hacer nada), la dirección de James Whale (el director de otro clásico: Frankenstein), y los colmillos de la hija en cuestión. A pesar de todo el producto final merece ser visto, aunque sea para reirse del impresentable asistente de la vampira (no vale googlear antes).



El Hijo de Drácula (Son of Dracula, 1943)
Título mentiroso, porque a pesar de haber muerto en un film anterior, se da a entender que es el propio Drácula el que regresa en esta interesante entrega protagonizada por Lon Chaney Jr. como el famoso chupasangre. Alejado momentáneamente de sus papeles más populares (hizo muchas veces de hombre lobo o el monstruo de Frankenstein), el actor se pone en la piel del Conde Alucard (léase al revés),un aristócrata que es invitado a EEUU por una joven sureña obsesionada con las ciencias ocultas y la vida eterna. Habiendo devastado su país natal, el conde busca nuevos horizontes donde establecer su reinado de terror. Una película mechada con diálogos interesantes que aportan datos nuevos al mito y, por primera vez, mostrando la transformación del conde en murciélago y en niebla.



La Mansión de Drácula (House of Dracula, 1945)
Uno de los muchos films de los años 40 en los que la Universal mezcló monstruos a lo loco. En esta oportunidad, Dracula (John Carradine) y Lawrence Talbot (Lon Chaney Jr) le piden al Dr. Edelmann (Onslow Stevens) que cure sus respectivos males. El tipo atiende en un lúgubre castillo situado junto a unos acantilados que dan miedo. En el interín aparece en las catacumbas del castillo el monstruo de Frankenstein (Glenn Strange), que jugará apenas un rol muy discreto hacia el final de la historia. Resultan curiosas las explicaciones científicas que el doctor le dá al vampirismo (un parásito en la sangre) y a la licantropía (una presión en el cerebro que provoca con la luna llena un tsunami hormonal). Delirante por donde se la mire, principalmente porque todas las criaturas habían muerto en sus últimas apariciones cinematográficas, no deja de ser un grandioso entretenimiento con vampiros, hombres lobo, cadáveres andantes, científicos locos, y una bonita ayudante jorobada que se roba la película (¿la abuela de Juan Peruggia acaso?). El maquillaje fue responsabilidad del maestro Jack Pierce.

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